La racionalización del espacio público, clave para el desarrollo de lugares saludables y sostenibles.

Se denomina espacio público, al espacio de propiedad pública (estatal), donde cualquier persona tiene el derecho a estar y circular libremente en paz y armonía, donde el paso no puede ser restringido por criterios de propiedad privada, ya sean espacios abiertos como jardines, plazas, calles, parques, etc.; o cerrados como bibliotecas públicas, escuelas, hospitales, etc.

El espacio público es el escenario de la interacción social cotidiana, cumple funciones materiales y tangibles: es el soporte físico de las actividades cuyo fin es satisfacer las necesidades urbanas colectivas que trascienden los límites de los intereses individuales. Se caracteriza físicamente por su accesibilidad, rasgo que lo hace ser un elemento de convergencia entre la dimensión legal y la de uso.

El espacio público tiene además una dimensión social y cultural. Es un lugar de relación y de identificación, de contacto entre la gente, de vida urbana y de expresión comunitaria. En este sentido, la calidad del espacio público se podrá evaluar sobre todo por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad de acoger y mezclar distintos grupos y comportamientos, y por su capacidad de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural.

Un urbanismo más centrado en las personas y su calidad de vida, exige que haya menos coches en nuestras calles y más espacio para la gente.

Estamos tan acostumbradas a ver coches por todas partes que a menudo no reparamos en los problemas que esta situación ocasiona en nuestras ciudades. Aparte de la contaminación del aire, del ruido o de la siniestralidad por atropellos, hay también otro problema muy relevante: la enorme cantidad de espacio público urbano que sacrificamos para permitir el tránsito y el aparcamiento de los automóviles, y que dejamos de destinar a las verdaderas y prioritarias necesidades de la población.

El coche, el gran ocupador de espacios

Cualquier medio de transporte supone la ocupación de cierta cantidad de espacio tanto para su circulación como para su aparcamiento.

El espacio público consumido depende del volumen de los vehículos, de la cantidad de personas que pueden desplazar, y de las tasas de ocupación.

El modo de transporte que con diferencia más espacio consume en su circulación es el coche; y es que el espacio que ocupa un viaje diario medio del hogar al trabajo en coche, es 20 veces mayor que el mismo viaje efectuado en guagua.

Con solo dos guaguas articuladas podemos transportar a 200 personas que necesitarían 175 coches con las tasas medias de ocupación de los automóviles en ciudad (1,2 personas por coche); teniendo en cuenta que como demuestra la foto, el espacio que ambos ocupan es completamente distinto.

Según los informes del Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía – IDEA, el transporte público, por persona, ocupa 50 veces menos espacio que el vehículo privado.

Resulta muy fácil darse cuenta de esta situación: basta con que en cualquier calle nos fijemos en el espacio dedicado a los peatones, es decir, el ancho de las aceras, frente al tamaño de las calzadas. El automóvil es el gran devorador del espacio urbano.

El transporte público necesita mucho menos espacio que el coche para transportar a las mismas personas, utilizando el espacio público de manera más racional.

La reducción de espacio para la circulación permite dedicarlo a la creación de zonas verdes, parques infantiles, carriles para bicicletas, equipamientos sociales o actividades colectivas. En definitiva, permite disfrutar y recuperar la ciudad para las personas que habitan en ella.

Disfrutar las calles, gracias a una movilidad amable
La movilidad ‘amable’ diseña entornos urbanos y rurales sostenibles priorizando a las personas frente al vehículo privado.

En la ciudad, las calles son el espacio público por excelencia, el que más abunda y el que vincula y fomenta de manera principal, las relaciones de sus habitantes. Las calles han sufrido transformaciones en la medida en que han cambiado las formas de desplazarse en ellas, ya que a partir de la aparición de los vehículos motorizados fueron perdiendo desgraciadamente su característica como lugar de encuentro para sus habitantes, pasando a ser un contenedor casi exclusivo de los desplazamientos, teniendo consecuencias negativas en la calidad de vida de las personas.

La movilidad urbana se presenta como el gran reto para los espacios públicos, al ser una necesidad básica que debe ser satisfecha sin que esto afecte la calidad de vida de las personas o sus posibilidades de desarrollo.

Según datos de Ecologistas en Acción, el área que usan los automóviles en las ciudades supone el 60% del espacio público. Se trata de un uso exclusivo que impide el desarrollo de otras fórmulas de aprovechamiento de esos espacios que quedan vetados a viandantes y ciclistas, convirtiéndose en nudos de contaminación y siniestralidad que empobrecen las condiciones de vida de sus gentes. Es decir, el predominio del coche particular hace de las ciudades lugares insostenibles.

Pero no sólo en las ciudades, también las vías principales de áreas rurales, en las que predomina la falta de aceras y áreas reservadas para otro tipo de movilidad, condiciona el disfrute de los espacios públicos.

En movilidad, la función de la calle debe equilibrarse para lograr ser más eficiente y más igualitaria. Se trata de asignar el espacio, la infraestructura y los vehículos de una manera más eficiente, que promueva la maximización del uso en función del número de personas que transitan.

En cuanto al espacio público, la calle tiene una función elemental: debe recuperar ese lugar donde sus vecinos y vecinas se encuentran, donde los niños y las niñas juegan, donde generamos relaciones sociales que perduran.

Debido a limitaciones en el espacio de la vía pública, y a niveles de contaminación atmosférica y sonora es necesario realizar una priorización entre distintos medios de transporte. Dentro de esa priorización deben tener un lugar preeminente los medios de transporte público colectivo en superficie y la utilización de la vía por ciclistas y peatones sobre el vehículo privado.

Un sistema de movilidad ‘amable’ integra criterios arquitectónicos, urbanísticos y de gestión del tráfico, que reduzcan el impacto del transporte privado en el medio ambiente y en la salud pública. El reto consiste en invertir la pirámide de movilidad de forma que la base, la más amplia y formada por las personas que caminan, pase a la parte superior, siendo lo más importante. Debajo de esta, se encontrarían la bicicleta y el transporte público. Luego estaría los transportes de mercancías, y en la cúspide final el vehículo privado, siendo la última opción deseable para moverse de manera sostenible por la ciudad.